Última actualización 22 septiembre, 2026 por Colgados fútbol
Ser el sucesor de Messi parece el mejor elogio que puede recibir un futbolista adolescente. Hasta que llega el primer partido malo. Entonces, el mismo chico al que se presentaba como una aparición irrepetible empieza a escuchar que no era para tanto. Entre ambas sentencias, a veces, apenas ha tenido tiempo de aprender a jugar contra adultos.
El fútbol tiene una prisa tremenda por ponerle apellido conocido a un talento nuevo. Un zurdo que conduce pegado al pie, un canterano del Barça que rompe un récord, un regate en un torneo juvenil: ya tenemos otro Messi. La comparación sirve para llamar la atención, pero también fija una expectativa descomunal. Al chaval se le empieza a valorar por la distancia que lo separa de una leyenda.
Cómo se fabrica un sucesor de Messi
La etiqueta permite vender una historia en dos palabras. Explicar qué hace bien un mediapunta, qué necesita mejorar y en qué contexto rinde exige observarlo. Llamarlo «el nuevo Messi» ahorra todo ese trabajo. El lector reconoce el nombre, el vídeo encuentra una promesa espectacular y la conversación ya tiene protagonista.
Después empieza una competición peculiar: quién lo descubrió primero. Un buen partido se convierte en prueba definitiva; tres goles en juveniles, en un anticipo de lo que hará en Champions. En ese entusiasmo se mezclan medios, aficionados, representantes y la propia necesidad de los clubes de generar ilusión. No hace falta una campaña organizada para que todos acaben amplificando la misma comparación.
El problema llega cuando la hipérbole se transforma en criterio de evaluación. Ganarse un puesto, adaptarse a otra ciudad o completar una buena temporada dejan de parecer logros suficientes. Al supuesto heredero se le reclama que confirme una profecía que otros escribieron por él.
Bojan Krkic: una carrera que merece contarse por sí misma
Bojan ofrece un buen ejemplo de esa mirada torcida. El Barcelona recordó al anunciar su retirada que disputó 163 partidos y marcó 41 goles con el primer equipo. Después jugó, entre otros clubes, en Roma, Milan, Ajax y Stoke. Se retiró en 2023 con 32 años y 14 títulos como profesional.
Son cifras y experiencias que muchísimos futbolistas firmarían. Sin embargo, su nombre continúa apareciendo asociado a la promesa de lo que supuestamente tendría que haber sido. Bojan explicó a la BBC que la comparación con Messi le exigía ser excepcional incluso después de salir del Barça.
Ahí está la trampa. Si el punto de partida es parecerse al mejor, una carrera profesional notable puede acabar narrándose como una decepción. Reconocer que Bojan no alcanzó el nivel que algunos imaginaban es compatible con valorar lo que sí hizo. El pronóstico de una portada no debería convertirse en una deuda del futbolista.
Gai Assulin: cuando el apodo se recuerda más que el jugador
Gai Assulin también cargó con la comparación. Se formó en la cantera azulgrana, debutó con el primer equipo en la Copa del Rey y pasó por el Manchester City sin consolidarse. Más adelante jugó en clubes españoles como Racing de Santander, Hércules y Sabadell. Su recorrido quedó lejos de las expectativas que habían acompañado sus primeros pasos.
Su caso aparece en nuestro artículo sobre jugadores que iban para estrellas y acabaron estrellados. Al volver sobre esas historias conviene añadir una pregunta: ¿cuánto de la decepción pertenece al rendimiento real y cuánto a la expectativa que se había construido?
Una trayectoria puede quedarse por debajo de lo previsto por muchas razones. Las oportunidades, las decisiones deportivas, las lesiones o el encaje en un equipo merecen analizarse por separado. Atribuirlo todo a la presión sería tan simplista como despacharlo diciendo que al jugador le faltó carácter. Un apodo no explica una carrera.
Alen Halilović ya pedía que no lo llamaran Messi
Hay ocasiones en las que el adolescente resulta más prudente que quienes hablan de él. En una semblanza de UEFA que recuperaba sus declaraciones de 2012, Alen Halilović ya pedía evitar la comparación. Admiraba a Leo, pero se consideraba muy lejos de él y centraba su objetivo en jugar bien y ganarse la confianza del entrenador.
Tenía 16 años y acababa de despertar una enorme expectación en el Dinamo de Zagreb. En 2014, el Barcelona anunció su incorporación con 17 años y un primer destino en el filial. El proyecto deportivo contemplaba un aprendizaje; el relato público ya buscaba una estrella.
Esa diferencia importa. Una promesa necesita margen para descubrir qué futbolista puede llegar a ser. Si cada cesión, suplencia o cambio de equipo se interpreta como un examen sobre si es el nuevo Messi, cualquier paso intermedio parece un retroceso. A veces, el propio jugador tiene más claro su siguiente objetivo que quienes le adjudican el destino final.
Ansu Fati y el peso de heredar el diez
Con Ansu Fati, la sucesión tuvo además una imagen concreta. El 1 de septiembre de 2021, el Barça anunció que llevaría el dorsal diez tras la salida de Messi. Tenía 18 años y el propio comunicado recordaba que seguía recuperándose de una lesión.
Entregarle ese número podía entenderse como una muestra de confianza. También hacía inevitable que cada fotografía remitiera al anterior propietario. En una misma camiseta convivían la ilusión por un joven con personalidad propia y el recuerdo de todo lo que había significado Messi.
El dorsal no permite explicar sus problemas físicos ni el desarrollo de su carrera. Sí sirve para observar cómo se construye una sucesión simbólica. Heredar un número es un hecho; heredar el rendimiento de quien lo llevó durante años es una expectativa. Confundir ambas cosas convierte un gesto de apoyo en una exigencia que nadie puede garantizar.
La responsabilidad también está en cómo contamos el fútbol
Claro que se puede ilusionar uno con un juvenil. El fútbol perdería mucho si estuviera prohibido entusiasmarse. Pero entre decir que un chico tiene un talento extraordinario y adjudicarle la carrera de Messi hay una diferencia enorme. La primera afirmación describe lo que estamos viendo. La segunda pretende conocer los próximos quince años.
También convendría recordar quién puso la etiqueta cuando llega el momento de retirarla. Demasiadas veces el futbolista aparece como responsable de haber incumplido una promesa que nunca hizo. Quien lo comparó con una leyenda pasa al siguiente nombre; el jugador conserva el cartel de decepción.
Bojan, Assulin, Halilović y Ansu tienen trayectorias distintas. Juntarlos aquí no significa igualar sus logros ni atribuirles un mismo desenlace. Lo que comparten en este relato es la facilidad con la que el fútbol convierte una semejanza, una esperanza o un dorsal en una obligación.
La próxima vez que aparezca un posible sucesor de Messi, quizá merezca la pena empezar por aprender su nombre. Después, observarlo, disfrutarlo y dejar que complete su propia historia. Bastante difícil es llegar al fútbol profesional como para tener que hacerlo respondiendo por la carrera de otro.
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